Publicado por direccion, 21-Noviembre-2018
HISTORIAS DEL BICENTENARIO: El Túpac Amaru cautivo
Se llamó Juan Bautista y vivió 40 años en prisión por la causa de la independencia en el África. El medio hermano de Túpac Amaru II falleció en Buenos Aires, donde iba a encabezar una monarquía temperada. Aquí su historia.
Hace 230 años, en junio de 1788, Túpac Amaru desembarcó en Ceuta para iniciar su destierro en el norte de África. Las autoridades virreinales españolas castigaban así su participación en la rebelión que inició su medio hermano, José Gabriel, en 1780.
El Túpac Amaru que fue confinado en Ceuta se llamaba Juan Bautista. Desafió con la escritura su vida en el exilio. Hacia 1822, escribió el libro El dilatado cautiverio. Comienza así: “A los 80 años de edad, y después de 40 de prisión por la causa de la independencia, me hallo trasportado de los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad”.
200 azotes y destierro
La rebelión comenzó cerca del pueblo de Tinta, el 4 de noviembre de 1780, con la captura del corregidor Antonio de Arriaga, y prosperó hasta abril de 1781, en que José Gabriel fue detenido. De todos los martirios que padeció el líder rebelde, ninguno representa mejor la fuerza de la sublevación que la resistencia de su cuerpo a ser descuartizado por la potencia de cuatro caballos; también fueron torturados y ajusticiados seguidores e insurgentes como Micaela Bastidas. La fatalidad que soportó Juan Bautista fue diferente, ya que cayó apresado semanas después.
Los seis testigos que reunió el visitador general para la causa contra Juan Bautista, coincidían en afirmar que había participado en la rebelión. Sin embargo, él lo negó. Este hombre de 34 años de edad y casado con una española, señaló que solo cuidaba de las mulas y que nunca cargó la artillería. Y se negó a firmar su testimonio “por no saber”. El proceso duró un mes y terminó con la sentencia a 200 azotes públicos y el destierro al castillo de San Juan de Ulúa (México).
Trascurrieron varios años desde la rebelión hasta que comenzó su exilio, a 8,830 kilómetros, en México. Su destino final estuvo en Ceuta, el emplazamiento carcelario que tenía la corona española en el África. La escritora Concepción Arenal, en su libro Estudios penitenciarios (1877), cuenta que en aquel entonces “los criminales más peligrosos se llevan lejos, muy lejos; y sea que se corrijan o no, que se enmienden o que se mueran, no vuelven por regla general”. Juan Bautista fue, en cierto modo, una excepción.
Permaneció en Ceuta desde 1788 hasta 1822. Así como Juan Bautista, también fueron desterrados personajes de la independencia americana como el huanuqueño Marcos Durán Martel, quien le brindó su apoyo cuando sobrevino la vejez. Isidoro de Antillón en Elementos de geografía astronómica, natural y política de España y Portugal (1808) detalla que en Ceuta se habían formado barrios con jardines “y hay varias alamedas, pozos, y algunas fuentes para beber”, agua a la que accedían vecinos y desterrados; incluso, Juan Bautista tuvo un huerto para sus cultivos. Él no habitaba entre rejas, su presidio eran las fronteras de ese territorio africano en el desierto del Sahara tan distante y distinto de su juventud en los Andes.
Pero un día, todo cambió. En España, una revolución se impuso sobre el régimen absolutista del rey Fernando VII y juró lealtad a la Constitución liberal. En este contexto, que duró entre 1820 y 1823, los americanos de Ceuta fueron liberados. Junto a tantos patriotas de Argentina, Venezuela o Perú, Juan Bautista dejó atrás su exilio.
Tenía 75 años cuando se embarcó en el Retrive para cruzar el Atlántico. En Buenos Aires alistó un documento con el relato de sus padecimientos y lo envió a las autoridades para solicitar alguna protección. Consiguió su objetivo y la noticia se publicó en El Argos de Buenos Aires:
Inca en Buenos Aires
“El Gobierno ha concedido a Túpac Amaru una pensión de 30 pesos mensuales, y casa; con la condición de que escriba de su puño y letra el escrito que había presentado al Gobierno”. Juan Bautista había llegado a una sociedad con el influyente Manuel Belgrano, quien propuso una “monarquía temperada” con la dinastía de los incas.
Había llegado a un entorno cultural donde surgían piezas líricas como la “Oración fúnebre de Túpac Amaru” o “El drama Túpac-Amarú”. Había llegado a una nación reformista que, decidida a sacudirse de los vestigios de la administración española, prestaría atención a quien fue sentenciado por ese dominio virreinal que buscaban eliminar.
Testimonio
El título completo del texto es El dilatado cautiverio, bajo el gobierno español, de Juan Bautista Tupamaru, 5° nieto del último emperador del Perú. Son 38 páginas en que su autor desvela el pasado para enfatizar su procedencia incaica de linaje cusqueño y detallar su participación en la rebelión que lideró José Gabriel, así como los castigos que recibió durante décadas; además, establece una continuidad desde aquel levantamiento hasta los procesos independentistas que coronaron José de San Martín y Simón Bolívar. En su último párrafo, Juan Bautista asegura “que aunque desgraciada”, su narración “será útil para el mundo”.
Murió en Buenos Aires, cinco años después de su llegada; y si bien nunca consiguió regresar al Perú, dejó un testimonio que da cuenta del cambio, el paso de un orden colonial a otro republicano bajo los pormenores de su propia existencia.
Juan Manuel Chávez